No me cae bien Garzón, no lo niego, nunca me ha caído, no es su tarea el agradar, pero reconozco que a pesar de errores que pueda haber cometido en su dilatada carrera judicial hay aspectos en su figura que molestan especialmente a sectores rancios y reaccionarios de nuestra sociedad y que merecen un reconocimiento.
El primero es que proviene de un entorno humilde, y no niega como ciertos imbéciles, su condición de persona que estudió y trabajó al mismo tiempo, como albañil y camarero, ya que la economía familiar no daba para más, cuando parece en estos sectores que la cosa de la justicia debe ser más o menos endogámica, que ya decía Fraga aquello de que era normal que los hijos de los altos cargos aprobasen oposiciones ya que provenían de sectores más “preparados para la cosa pública”, vamos, que lo “habían mamado”.
Segundo, a pesar de las múltiples instrucciones fallidas en relación con el entorno etarra y pro-etarra, nunca dejó de hostigar a los que juegan con los límites de la ley a su antojo para debilitar las instituciones y la convivencia de todos los que quieren vivir, y defender sus ideas, en paz, que además, no lo olvidemos, mucho trabajo, esfuerzo, lucha y sangre derramada en las cunetas costó. Esto parece sencillo, es su obligación, pero el hecho de él que saltase a los medios es producto, en parte, de que tomó decisiones que otros compañeros en idéntica posición no tomaron, ¿es fácil y agradable ponerse en el punto de mira de ETA? Creo que no, luego hay que valorar esta decisión como se merece.
Tercero, hizo una incursión en la política, ciertamente desafortunada, pero la hizo, sacó la bandera, cuando lo común por esas latitudes judiciales es la crítica permanente de salón al Legislativo y al Ejecutivo pero desde la distancia de quien no se moja, postura cómoda pero poco constructiva y vertebradota socialmente hablando.
Cuarto, la democracia española está consolidada, pese a quien pese, especialmente a aquellos que no votaron la Constitución y luego se aferraron a ella como algo propio, guardianes y custodios, como José María Aznar, y es ahora, superados ya los momentos en que hubo que renunciar a muchas cosas para sacar adelante la transición en el que corresponde hacer justicia con los que callaron durante años, con los que nunca pudieron señalar sin ser señalados dónde reposaban los suyos, por los que vieron truncados proyectos de futuro y vidas por el hecho de creer, equivocadamente o no, en algo, por el pecado de apostar por lo común, por la mejora de la sociedad, por luchar, por no querer ser unos indolentes más de la masa.
Ahí es donde está ahora Garzón, peleando, ya sea por vanidad o por creencia, por poner un poco de justicia en el asunto y, como no, un sindicato de ultraderecha, "Manos Limpias", se querella contra él ante el Poder Judicial por haber cometido un supuesto delito de prevaricación cuando investigó estos crímenes de la dictadura, de la Guerra Civil y del Franquismo, pidiendo la suspensión de sus funciones. ¿Algo habrá hecho bien Garzón para molestar a esta panda?
Vale, a lo mejor la ley de amnistía española de 1977 determinaba la prescripción de esos delitos y la fiscalía acertó oponiéndose a la investigación de Garzón, pero ¿se puede considerar un delito como tal tratar de dar respuesta a dónde están más de 100.000 personas, a cerrar las heridas de tanta gente, a negar que a pesar de la barbarie global de la época solo los descendientes de los perdedores siguen obligados a perder, a que los nietos de represaliados entierren a sus padres sin tener respuesta a qué fue de los suyos?. Creo que no.
Garzón no me cae bien, insisto, no soy objetivo al referirme a él, demasiados claroscuros, pero la campaña orquestada para apartarlo de la carrera judicial desde sectores ultra reaccionarios hacen que lo vea más cercano, más necesitado del apoyo de la gente que cree que en esta batalla perdemos todos si los de siempre consiguen su objetivo. Mi total apoyo para Garzón, y creo que no estoy solo.
El primero es que proviene de un entorno humilde, y no niega como ciertos imbéciles, su condición de persona que estudió y trabajó al mismo tiempo, como albañil y camarero, ya que la economía familiar no daba para más, cuando parece en estos sectores que la cosa de la justicia debe ser más o menos endogámica, que ya decía Fraga aquello de que era normal que los hijos de los altos cargos aprobasen oposiciones ya que provenían de sectores más “preparados para la cosa pública”, vamos, que lo “habían mamado”.
Segundo, a pesar de las múltiples instrucciones fallidas en relación con el entorno etarra y pro-etarra, nunca dejó de hostigar a los que juegan con los límites de la ley a su antojo para debilitar las instituciones y la convivencia de todos los que quieren vivir, y defender sus ideas, en paz, que además, no lo olvidemos, mucho trabajo, esfuerzo, lucha y sangre derramada en las cunetas costó. Esto parece sencillo, es su obligación, pero el hecho de él que saltase a los medios es producto, en parte, de que tomó decisiones que otros compañeros en idéntica posición no tomaron, ¿es fácil y agradable ponerse en el punto de mira de ETA? Creo que no, luego hay que valorar esta decisión como se merece.
Tercero, hizo una incursión en la política, ciertamente desafortunada, pero la hizo, sacó la bandera, cuando lo común por esas latitudes judiciales es la crítica permanente de salón al Legislativo y al Ejecutivo pero desde la distancia de quien no se moja, postura cómoda pero poco constructiva y vertebradota socialmente hablando.
Cuarto, la democracia española está consolidada, pese a quien pese, especialmente a aquellos que no votaron la Constitución y luego se aferraron a ella como algo propio, guardianes y custodios, como José María Aznar, y es ahora, superados ya los momentos en que hubo que renunciar a muchas cosas para sacar adelante la transición en el que corresponde hacer justicia con los que callaron durante años, con los que nunca pudieron señalar sin ser señalados dónde reposaban los suyos, por los que vieron truncados proyectos de futuro y vidas por el hecho de creer, equivocadamente o no, en algo, por el pecado de apostar por lo común, por la mejora de la sociedad, por luchar, por no querer ser unos indolentes más de la masa.
Ahí es donde está ahora Garzón, peleando, ya sea por vanidad o por creencia, por poner un poco de justicia en el asunto y, como no, un sindicato de ultraderecha, "Manos Limpias", se querella contra él ante el Poder Judicial por haber cometido un supuesto delito de prevaricación cuando investigó estos crímenes de la dictadura, de la Guerra Civil y del Franquismo, pidiendo la suspensión de sus funciones. ¿Algo habrá hecho bien Garzón para molestar a esta panda?
Vale, a lo mejor la ley de amnistía española de 1977 determinaba la prescripción de esos delitos y la fiscalía acertó oponiéndose a la investigación de Garzón, pero ¿se puede considerar un delito como tal tratar de dar respuesta a dónde están más de 100.000 personas, a cerrar las heridas de tanta gente, a negar que a pesar de la barbarie global de la época solo los descendientes de los perdedores siguen obligados a perder, a que los nietos de represaliados entierren a sus padres sin tener respuesta a qué fue de los suyos?. Creo que no.
Garzón no me cae bien, insisto, no soy objetivo al referirme a él, demasiados claroscuros, pero la campaña orquestada para apartarlo de la carrera judicial desde sectores ultra reaccionarios hacen que lo vea más cercano, más necesitado del apoyo de la gente que cree que en esta batalla perdemos todos si los de siempre consiguen su objetivo. Mi total apoyo para Garzón, y creo que no estoy solo.
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